La transición energética europea como estrategia de seguridad energética

La Unión Europea (en adelante, UE) es el tercer emisor mundial de gases de efecto invernadero y posee un 44% del parque global de renovables (excluida la hidráulica). Además consume en torno al 20% de energía que se produce en el mundo y su dependencia energética supera el 50%.

Particularmente relevante para la UE, como para cualquier territorio, es la resolución del problema de la seguridad energética: generar energía de un modo seguro; a partir de un acceso continuado y fiable a unos recursos energéticos de calidad; asumiendo un coste razonable; que no afecte negativamente a la competitividad económica del territorio; y todo ello dentro de un contexto de respeto ambiental y social (salud pública, empleo, etc.).

Según datos de Eurostat de este año, la UE importa el 45% del carbón, el 87% del petróleo y el 67% del gas natural que consume. Rusia destaca como proveedor principal, alcanzando valores superiores al 30% para cada uno de los combustibles fósiles importados.

Esta dependencia conduce a la fuga de rentas nacionales europeas hacia el exterior derivada de la importación de combustibles fósiles y la consiguiente pérdida de riqueza del territorio. De hecho cada año la factura energética importadora europea supera los 400.000 millones de euros (±3% PIB europeo y en torno a 1.000 millones de euros diarios). Hay que añadir además el efecto negativo que supone no “hablar con una sóla voz” a nivel europeo con los proveedores energéticos: cada Estado miembro negocia individualmente sus contratos de suministro. El riesgo aumenta así para la UE, un mercado que aglutina a 400 millones de consumidores, pero que ve cómo el -potencial- poder de negociación como comprador se diluye entre los Estados miembros en favor de los países oferentes, como Rusia, Noruega, Irán o Arabia Saudí.

Es en ese contexto en el que cobra sentido el papel desempeñado por las energías renovables en la planificación energética europea a lo largo de los últimos 30 años. El cambio tecnológico del sector energético europeo comenzó en la década de los noventa del siglo pasado. La introducción y desarrollo de las tecnologías renovables permitió reducir las emisiones de CO2 cerca de 20% y la intensidad energética en un 36% entre 1990 y 2016. En 2017 la participación renovable en la energía consumida fue del 17,5% (objetivo 20% en 2020). Además, cerca del 30,7% de la electricidad bruta consumida procede de fuentes renovables en 2017 (Eurostat).

Como ciudadanos europeos y consumidores responsables debemos ser conscientes de lo importante que es para nuestro futuro que la UE siga apostando por las energías renovables. En la medida en que su peso aumente en la cartera de tecnologías, la UE estará poniendo las bases de un futuro económico y energético independiente: la autonomía derivada de disponer y gestionar recursos energéticos propios e ilimitados permite reducir la exposición al riesgo en materia energética (variabilidad del precio de los combustibles fósiles, fuga de rentas o externalidades ambientales, entre otras).

Los efectos positivos derivados de la presencia de renovables en la cartera son numerosos. Así, estas tecnologías además de contribuir a la reducción de las emisiones totales de gases contaminantes y de efecto invernadero, ayudan a diversificar el tipo y el origen de los inputs necesarios para producir la energía. Con ello se reduce la dependencia exterior y se incrementa la seguridad de suministro. Emplean además fuentes naturales de energía, por lo que el territorio tiene libre acceso a ellas de forma gratuita. De esta forma se reduce la fuga de rentas y se liberan así fondos que pueden ser invertidos en el propio territorio: se crea riqueza, puestos de trabajo y se asienta población. Se trata además de una industria que genera empleo cualificado en las comunidades de origen donde se implantan estas tecnologías y mejora el acceso a la energía de los distintos núcleos de población, consolidando así una mayor descentralización.

El reto de la electrificación de la red de carreteras para posibilitar la implantación del coche eléctrico, junto con la integración del autoconsumo y de las smart grids, así como la apuesta decidida por la reducción de emisiones necesitará del incremento de la producción eléctrica renovable para hacerse realidad. Esto supondrá un reto para la gestión del sistema, que está llamado a vehicular la integración de este tipo de electricidad generada caracterizada por su dificil gestionabilidad.

Hace veinticinco años se soñó con un futuro energético europeo de mayor libertad y menor dependencia, comprometido con el medio ambiente y de mayor eficiencia. En la actualidad ese sueño va camino de hacerse realidad. La transición energética europea dio sus primeros pasos hace más de 30 años, los mismos que restan para 2050, horizonte ilusionante libre de emisiones en generación de electricidad. En definitiva, o nos ilusionamos y nos volvemos a comprometer de verdad con nuestro futuro energético que tiene el apellido de “renovable”, o el sueño de un futuro europeo prometedor e independiente se puede convertir en pesadilla.

Artículo publicado en el N´º 23 de Dínamo Técnica, correspondiente a noviembre de 2019.
Autor: Fernando de Llano. Profesor e investigador del Departamento de Empresa de la Universidade da Coruña [E-MAIL].

Comentarios